Mexicayotl · Vol. I
Cuando la humanidad llega a Marte, descubre que ya se había traído a sí misma.
La ciencia ficción del norte global suele imaginar a Marte como una frontera anglosajona: colonos protestantes con banderas rectangulares, corporaciones que patentan agua, adolescentes que aprenden a hablar en un dialecto de Silicon Valley. La Senda de Marte propone otra cosa: la primera civilización marciana de origen humano no es angloparlante. Es hija del Cem-Anáhuac.
Una expedición mexicana llega al planeta rojo con la ambición civilizatoria de siglos acumulados —herencia del Imperio del Anáhuac, herencia de los mexicas antes de la conquista, herencia de los huey tlatoque que aprendieron a leer los cielos con precisión matemática. Traen su ciencia, su liturgia, su lengua, su forma de nombrar el territorio. Traen a sus dioses y también a sus preguntas.
«El error de los conquistadores fue creer que Marte era una tierra vacía. El error de los colonizados fue creer que traíamos algo distinto a nosotros mismos.»
La novela sigue a la generación fundadora del asentamiento, a los ingenieros que negocian con la atmósfera, a los antropólogos que redactan una constitución sabiendo que la firmarán sus bisnietos, a los sacerdotes que discuten si Tláloc puede existir en un planeta sin agua líquida. Y sigue, sobre todo, a los primeros nacidos en Marte —los que ya no pueden regresar, los que aprenderán a llamar hogar a un cielo rosado.
Ciencia ficción con arquitectura de tesis. En el linaje de Dune de Herbert y las Fundaciones de Asimov, pero con una raíz que ninguno de los dos podía sembrar: la de una civilización que ya conocía el vértigo de creer que el mundo era suyo, y que aprendió lo caro que cuesta ese error.
Primer tomo de Mexicayotl. La proyección del Anáhuac hacia el sistema solar. La saga que responde: ¿qué ciencia ficción escribiría un pueblo que ya vivió el fin de un mundo?
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